
Una niña se perdió en el bosque y quedó envuelta en sueños hasta que llegó su muerte. Arañas venenosas subían por su cabello y se reían de la vida cobarde que se había ido espantada dejando el cuerpo obsoleto. Algunos gusanos babeantes refrescaban la piel de la infante que se secaba por el sol. Las grandes hormigas rojas jugaban entre los dedos de los pequeños pies y sus picadas le chupaban la poca sangre que le quedaba. Permaneció ahí días, tal vez semanas. En un trabajo incesante, mientras la niña dormía en muerte, los gusanos tejieron un gran capullo dejándola prisionera de un árbol, envuelta como un feto con el cabello enredado entre las ramas.
La niña se quedó dormida durante siglos atada al árbol, centenares de años pasaron y con el paso de los días sus manos se convirtieron en ramas y sus pies se hicieron raíces. Las abejas sacaban de sus ojos el polen para confeccionar la miel, y la piel de su cara se curtía por el sol. Su cabello crecía y crecía envolviendo todo el bosque. Pasaron muchas lunas hasta que los hilos del capullo se fueron soltando poco a poco. Eran de la seda más fina. Los suaves retazos que caían de la gruesa coraza retumbaban en la soledad del bosque como ecos.
Cuando por fin despertó de la muerte saco su cuerpo del capullo, admiró sus piernas largas, su piel tostada, su pelo largo y negro. Fue corriendo al río para ver el milagro de su cuerpo ahora adulto, y entendió que era ella el epicentro de la energía del universo renacido.